7.1.13

Tester de Violencia


Pensemos por dos segundos en qué significa “cagarse a piñas”. Por favor.
Bueno, un chico va y empuja a otro sin motivo aparente y entonces saltan todos los amigos a defender su honor. Cosas de hombres.
Pero por supuesto que esta mal. Cómo no va a estar mal, si la cosa después se pone fea y aparecen unos pibitos con botellas de vidrio y con ganas de clavarselas a quien sea en la cara.
Es un círculo vicioso de violencia y me parece lamentable.
¿Cuál es la necesidad? ¿Por qué los hombres tienen que jugar con su vida de esa manera para demostrar- ni idea a quién- que son machos?
Me parece muy idiota y me da bronca cuando tengo que ver una pelea porque sé que no puedo hacer nada para frenarla porque yo con un ojo negro? No, gracias.
Además nunca conozco a los involucrados.
Si fueran dos pibes peleándose por mí ahí me metería solo para sentir que estoy en una película. Pero eso nunca pasa en la vida real.
En la vida real lo que pasa es que la violencia es totalmente gratuita y nadie hace nada para frenarlo. Parece que a nadie le interesa. Todos miran absortos las peleas y si se meten es para armar más lío.
Quizás me cuesta tanto entenderlo porque soy mujer y es difícil pensar afuera de mi ser.
Pero un poquito trato de expandir mis horizontes y creo que llego a ver aunque sea una mínima parte de todo.
Si hay algo que me dí cuenta cuando reflexiono es que la culpa de todo la tiene el orgullo.
Es eso y nada más que eso.
¿Sino por qué lo harían?
¿Acaso yo, como mujer, si le dicen algo a una amiga no voy a ir y hacer alguna maldad a mi manera a quien fuera que se lo dijo? Obvio. No me voy a quedar de brazos cruzados porque las cosas no funcionan así.
El único problema es que los hombres usan la fuerza física y lo que preocupa es cuando salen lastimados en serio. Y yo me preocupo de las piñas pero prendo la tele y me entero que hay gente que termina en coma, o incluso muerta.
Y es realmente lamentable. Pero, ¿cómo se frena? ¿Cómo enseñas a alguien el límite entre el orgullo y el riesgo? O para el caso ¿cómo enseñas a alguien la diferencia entre tener dignidad y tener orgullo? Hay una barrera muy ancha entre medio.
Es una lástima que hoy en día esté todo tan desdibujado.

6.1.13

Antes

Cuando tenía 13 pensaba que lo sabía todo y que el mundo era mío.
Empezaba a usar bikini y tenía la panza blanca pero eso no importaba, porque ahora ya era grande.
Me tiraba a tomar sol quince minutos y sufría. No me quería poner crema pero me obligaban. Y parecía que mi panza nunca iba a dejar de estar blanca.
Me regalaron mi primer celular, y tenía 10 contactos- 8 familiares- pero no importaba, porque ahora si quería podía hablar con chicos.
A los 13 me iba mal en un examen y sentía que se me venía el mundo abajo.
Pero eso me sigue pasando.
Me peleaba con alguien, me retaba una profesora, me arrepentía de algo y lloraba.
Pero eso también me sigue pasando.
Cuando cumplí 15 miraba hacia atrás y me reía de lo chica que era a los 13
Me ponía vestidos elegantes y tacos altos para ir a fiestas y todavía juraba que el mundo era mío.
Cantaba Dancing Queen y pensaba “qué lastima, todavía me faltan dos años para tener 17”.
La panza ya la tenía quemada, pero nunca la mostraba en los lugares en los que debía hacerlo. Iba a la playa con amigas para sentarme con la ropa puesta y anteojos de sol a mirar a los chicos que pasaban. Y no más que eso.
No estudiaba para un examen y decía que no me importaba nada. Pero después me daban la nota y lloraba a escondidas.
A los 15 me llevé mis primeras materias, y juré no volver a hacerlo.
Pero a los 16 me llevé materias devuelta.
Hacerme amigos era como un juego. Una competencia de “a ver quién habla con más gente al mismo tiempo por MSN” o “a ver quién saluda a más chicos en la puerta del Patio”
Pero si algún chico me sacaba a bailar en un boliche yo huía despavorida.
Obvio que sigo huyendo, porque nunca aprendí a bailar y me daría vergüenza que se rían.
Me burlaba de los RRPP con malicia y no me daba cuenta que yo misma me estaba convirtiendo en una.
El fin del mundo era que un chico no me diera bola.
Creía que me lastimaban el corazón… y no me daba cuenta que en realidad lo único que me lastimaban era el orgullo.
Me burlaba de los profesores. Me sentía canchera por contestarles mal.
Una vez llegué a decirle a una: “Callate porque te pego”.
Y es el día de hoy que me sigo riendo de semejante irreverencia.
Pero estuvo mal. Muy mal.
Me reía de todos en el colegio y no tenía idea que cuatro años más tarde los iba a admirar por su buena voluntad por enseñar a chiquitas hormonadas.
A los 12, 13, 14, 15 y 16  leía libros y no terminaba de entender porqué la gente se sorprendía.
Lo decía un poco avergonzada por las risas que generaba en mis amigas.
Ahora lo digo con orgullo.
Pero qué lindo que era (y qué lindo que es) volver las páginas de una novela más reales que la vida misma.
Mamá me decía que no me fuera a dormir tarde,
y yo me encerraba en el baño y leía hasta cualquier hora.
A los 12, 13, 14, 15 y 16 me preocupaba más por lo que creía la gente que no importa que por lo que pensaba la gente que realmente vale la pena.
Aun hoy a veces lo sigo haciendo.
Salía de ver una película de superhéroes y me gustaba imaginarme que era uno. Que era bruja. O que me iba a meter en un placard e iba a aparecer en un mundo paralelo. O que podía controlar el clima poniendo los ojos en blanco y el director de mi colegio era un señor muy serio, pelado, en silla de ruedas y con poderes psíquicos.
Pero eso también lo sigo haciendo.
Me encerraba en el cuarto y escuchaba esa música horrenda que pasaban en los boliches.
Ni que la de ahora fuera gran cosa… pero en esa época… Dios
Eso sí que no lo hago más.
Había que sacarse foto familiar y me tapaba la cara con vergüenza,
pero había que sacarse una foto con chicos y posaba como si fuera modelo.
Tenía que viajar en colectivo sola y- ah no. No viajaba en colectivo.
Me preguntaban qué quería estudiar y respondía “medicina” o “veterinaria”.
Estudio comunicación social.
Decían la palabra “política” y el cerebro se me apagaba.
Decían que estudiar era lindo y yo miraba con cara de horror.
Me hablaban de la facultad y yo me imaginaba repetir el colegio eternamente para no irme nunca de donde estaba.
Me peleaba con mamá por el simple hecho de pelearme.
Decía que estaba loca y que la odiaba.
Un chico me mandaba un mensaje y el día se volvía automáticamente mejor.
Ahora también… un poquito.
No me quería cortar las puntas del pelo porque quería tenerlo largo.
No soportaba las clases de filosofía.
Me subía la pollera del uniforme para que quedara más corta.
Creía que estar desprolija era más canchero.
Les mentía a mis papás sobre las cosas que iba a hacer a la noche.
Si en mi familia me preguntaban “por qué no estaba de novia” yo los miraba con cara de culo.
Los sigo mirando con cara de culo.
Me pintaba las uñas todos los viernes y todos los lunes en el colegio me hacían despintármelas.
Ahora que puedo hacerlo cuando quiera no lo hago nunca.
Me llegaba a vestir de negro para el día y me sentía una mamá.
Me tentaba con amigas en lugares públicos en los que tenía que comportarme.
Pero eso también me sigue pasando y creo que no va a dejar de pasarme nunca.

Es obvio que cuando tenga 21 voy a acordarme de cómo era a los 19 y me voy a reír porque todavía creo que me las sé todas.
Y cuando tenga 30 me voy a acordar de cómo era a los 21 y también me voy a reír de mi misma.
Y así sucesivamente.
Pero a los 13, 14, 15 y 16 pensaba que era lo más y al menos ahora sé que no lo soy.
A veces me agarraban dudas y me preguntaba si de más grande iba a seguir siendo así. O si contaría con orgullo todo lo que hacía.
Por supuesto que no lo cuento con orgullo… pero qué bueno que lo hice.

26.11.12

Un informe sobre Un informe sobre la banalidad del amor


Hace unas semanas fui al teatro a ver la obra más linda del mundo. No entiendo bien porqué, pero cuando terminó no podía parar de llorar mientras aplaudía. Hay algo en el arte, cosas que no podemos decir con palabras, que nos tocan bien adentro. Son pocas las piezas que lo hacen, pero cuando lo logran nos sacuden cada centímetro del cuerpo. 
“Un informe sobre la banalidad del amor” es una obra de Mario Diament, basada en la relación amorosa entre los filósofos Martín Heidegger y Hannah Arendt. Él, con inclinaciones políticas marcadamente nazis y ella, de origen judío. En los cinco encuentros que se representan (de más está decir que por los magníficos Osmar Núñez y Alejandra Darín) se desarrolla algo más que una simple historia. Cada palabra, cada gesto y cada mirada logran transmitir algo inexplicable. Uno ve la obra y a medida que transcurre siente que algo en su interior va creciendo- o encogiéndose. Es una especie de angustia por la irracionalidad y la imposibilidad de ese amor y al mismo tiempo una esperanza de que el amor triunfará. 
En uno de sus ensayos, Hannah Arendt escribió sobre la “banalidad del mal” y de cómo la condición humana es tan compleja que muchas veces terminamos haciendo cosas malas por el simple contexto en el que nos encontramos. Ingeniosamente, en este informe sobre la “banalidad del amor”, se representa esa falta de sentido que también es común a las relaciones humanas. ¿Cómo puede ser que dos personas se amen de tal forma a pesar de todas sus diferencias ideológicas, políticas? Y al mismo tiempo uno siente empatía por el personaje de Arendt que así como ama, sufre por ese Martín que nunca termina de jugarsela, que se contradice entre lo que hace y dice y que trata de justificarse ante ella con cualquier motivo.
Realmente sorprende lo que transmiten con tanta simpleza. Cuando terminó la obra nos quedamos charlando con Alejandra Darín y en su humildad nos dio un gran consejo “dicen que para ser actor hay que saber mentir… pero al contrario, hay que saber encontrar la verdad”. No puede ser más cierto y no puede haberlo dicho mejor. En especial porque esta obra en particular tiene una verdad entre líneas que es fácilmente aplicable a todas las épocas, más allá de que sea una historia que se dio hace casi 70 años. No es fácil de decir, pero hay una frase que lo resume con simpleza:
“El amor es amoral”.

29.10.12

So you thought you might like to go to the show

A mi papá le encanta la buena música; lo sé porque tiene una biblioteca increíble con Cds de lo que sea, desde rock nacional, pop, reggae, a los orígenes de lo que escuchamos hoy en día, el rock psicodélico y el rock sinfónico. De todo lo que hay descansando en su living, hay una banda en especial que tiene el podio, y lo sé porque tiene toda su discografía  Yo conocía muy pocas canciones, pero tampoco podía negar la grandeza del arte que produjeron, lo inolvidables que son sus temas. Tanto es así, que hoy en día muchos colegios usan uno de sus discos conceptuales para análisis de poesía moderna. 
Sí, estoy hablando de Pink Floyd. Y sí, por supuesto… particularmente de The Wall.
Desde el año pasado que estaba esperando el día que ya tan fugazmente pasó. El gran Roger Waters, voz principal de la banda, vino a Buenos Aires en marzo de este año para dar no 4 shows como se había previsto. Para dar 9 (nueve). Y la realidad es que si daba más, la gente iba a ir igual. Si hay una cosa buena que tenemos los argentinos es que sabemos apreciar la buena música (dejando de lado la cumbia y derivados, por supuesto, ¿no?).
Es indiscutible la perfección de un cd como lo es The Wall, pero más allá de lo que representa y de su mensaje (la alienación del hombre por el mundo capitalista, el sistema que nos reprime, el horror de la guerra), lo que tuvo el show fue mucho más. Nunca hasta el jueves 15 de marzo se me había puesto la piel de gallina desde la punta de los pies a la cabeza. Y era constante, sentía un cosquilleo intenso por los brazos, en la panza, en la espalda. Cuando tocan las primeras notas de “In The Flesh?” se podía sentir al público en éxtasis, viendo el show de fuegos artificiales y el avión que vuela por toda la cancha hasta el escenario. Casi que no tengo palabras; no sabía para donde mirar, y creo que cualquier otra persona que haya ido a verlo me puede entender. Y los que no fueron… bueno, es una lástima. Pero siempre se puede escuchar el cd, obvio. 
El único problema que tengo ahora es que cuando vaya a un recital me voy a imaginar algo como lo que ví esta vez; y no, no va a ser así, porque esto no es normal. Esto fue insuperable, inolvidable.
No puedo explicar cuánto le agradezco a mi papá por haberme enseñado lo que es la buena música, porque sin él yo no hubiera sido una de esas miles de personas que lloró, rió, gritó, cantó y aplaudió sin parar durante 2 horas en el estadio de River. 
Ahora entiendo todo, ahora escucho las canciones y sé que nunca va a ser lo mismo porque con cada nota me voy a acordar de cada segundo de lo que viví en ese recital. Me quedo corta diciendo que la pasé increíble, me quedo corta diciendo todo lo que acabo de decir y me quedo corta también si digo como consejo “escuchen The Wall”. Quizás nos vendría bien a todos escuchar un poquito más de Pink Floyd, no sé de una persona que conozca a fondo su música y no le guste. Pero para mayor entendimiento de lo que acabo de escribir, recomiendo no solo la película basada en el cd (que al ser conceptual ya de por sí cuenta una historia) sino que también recomiendo el siguiente blog, al cual caí de casualidad y me quedé internada leyendo un viernes a la noche: www.thewallanalysis.com 
Si ya conocen el cd, si ya fueron al recital, y/o si ya vieron la película, entren al link que no los va a decepcionar. El hombre que lo escribió tiene un título en literatura. Sabe, y se nota. 
Y para los que no saben de qué hablo y lo que se les viene a la cabeza cuando les digo Pink Floyd es “we dont need no education” y no más que eso… les recomiendo que escuchen un poco su música, pero en serio. Cuesta entenderla, porque es diferente a lo de hoy en día, pero una vez que la incorporamos, es imposible sacársela de la cabeza. 

15.10.12

Pequeñas enseñanzas

¿Acaso alguien entiende lo que es el dolor si no se vive en carne propia? Durante mucho tiempo se levantó todas las mañanas con un malestar en el centro de su ser que no la dejaba respirar en paz, que le permitía solo regalar sonrisas a medias y que la hacia dudar de todo y de todos.
Así vivió mucho tiempo, entre la tristeza y el odio, como en una epifanía en la que se desdibujan la realidad de los sueños. Todo lo que le estaba pasando era como un gran sueño, en donde las personas que la rodeaban no tenían rostro y lo que pasaba nunca era del todo entendible.
Era algo constante. Todos los días abría los ojos con dolor, con la ilusión de que el sol se asomara un poquito más en su vida, y con la esperanza de que alguna mañana lo iba a conseguir. Pero muchas noches llegaron, y su corazón seguía inquieto, en pena, silencioso.
Tal vez sea cierto eso que dicen de que “un clavo saca otro clavo”, pero no fue el caso. Hizo las paces consigo misma cuando por fin pudo separar lo que sentía de lo que no quería sentir, lo que pensaba de lo que realmente pasaba a su alrededor. No fue mágico, no se levantó una mañana de sol brillante y se dio cuenta que todo era parte del pasado. Aun hoy abre los ojos y teme por su corazón- ahora frágil y temeroso- pero lo hace con valentía y con ganas de enfrentarse a lo que le pongan ante ella. No por nada su incentivo era el verse a sí misma fuerte otra vez, regalando sonrisas de oreja a oreja, respirando en paz, siendo libre y estando segura de sus decisiones. “Recordar es fácil para quien tiene memoria; olvidar es difícil para quien tiene corazón”*. Ella no olvidó. Lo que hizo fue aprender.




*Gabriel García Márquez

14.10.12

Juegos Incompletos


Qué bien que se siente, dejarte con las ganas. Estirar la cuerda hasta que no de más y cuando esté por romperse, que sea tu lado el que vuelve hacia el mío.
Qué bien que se siente, cuando ser orgullosa me sale bien. Es como si una mínima dosis de éxito corriera por mis venas, como si una conciencia superior me susurrara al oído: “Felicitaciones, lo hiciste otra vez”.
Es adictivo, es un juego que no puedo dejar de jugar, porque cada vez que venís a mí me sonrío a mi misma por haber aguantado el tiempo necesario sin buscarte yo primero.
Me enseñan que ser orgullosa está muy mal, pero yo prefiero seguir como estoy… simplemente para jugar a estos juegos y para poder respirar tranquila y descansar mis músculos cada vez que los gano.

1.10.12

Santa Historia


Me acuerdo como si fuera ayer de esa noche en la costa uruguaya en que hice una de las tantas preguntas que cambiaría mi vida. En aquel entonces tenía trece años, sabía poco y nada sobre la realidad que me rodeaba, y menos aún sobre el pasado que a todos nos persigue y que- tarde o temprano- nos alcanza.
Iba caminando con una amiga y con mi abuela, y no sé de qué hablábamos antes; solo recuerdo que pregunté: “-¿Qué fue la dictadura militar? ¿Por qué la gente habla siempre del tema?”. Y desde ese momento que mi cabeza repite una y otra vez el momento en que pasábamos por una heladería y mi abuela intentaba explicar, nerviosa, las causas y consecuencias de un período tan oscuro en la historia de nuestra querida Argentina. Las palabras se me entremezclan, y no logro recordar si las ideas que tengo sobre ese momento son realmente de ese momento, o si son detalles que le fui agregando yo por mi cuenta, ya de más grande. Lo que no me olvido es la voluntad de mi abuela por darme un punto de vista neutral. Dijo “ambos lados tuvieron la culpa, ninguno está exento de ella”. Mientras mi amiga hacía preguntas, yo trataba de entender cómo es posible que en un episodio semejante no hubiera un culpable. 
Ahora, quizás, con unos años más encima y muchas conversaciones al respecto con todo tipo de personas, llegué a la conclusión de que en la Argentina las cosas nunca son tan simples como asignar a un culpable y terminar con él. En un país como este, la historia es un entramado eterno de causas y efectos, una red de relaciones de poder y falta de él, un laberinto de anécdotas que hacen- o no- al imaginario colectivo de la sociedad en la que vivimos. Si la historia es difícil de entender, lo es aún más en un lugar como este. 
Quizás los argentinos estamos obsesionados con ella porque nos resulta indescifrable. Quizás soñamos con encontrar la clave que nos haga entender nuestro presente. En esa búsqueda nos encontramos a nosotros mismos, y es por eso que aunque nunca lleguemos a esa clave, el intento nunca será en vano.

24.9.12

Es así


Finalmente comprendía eso que suele decirse sobre la perfección en lo imperfecto. Verlo le producía unas puntadas en el centro del pecho, un repiqueteo del corazón a una velocidad límite. Y si cruzaban miradas… ni hablar.
Quizás le había costado tanto entender todas esas cosas que se dicen porque nunca lo había vivido en carne propia. Sus historias pasadas ya no interesaban a nadie, ni siquiera a ella. Se había roto la maldición del hombre sin rostro. 
Era ese cuerpo, esa alma, o esa unión entre ambos lo que le daba electricidad hasta la punta de los dedos. Alguien lo nombraba y sus sentidos se agudizaban. Sentía su voz y pensaba en poder morir en paz. Ni siquiera lo imaginaba a su lado. Con su felicidad alcanzaba. 
Al final no era tan difícil entender por qué el amor no es egoísta ni debe serlo nunca. Es una verdad que cuesta aprehender, pero una vez que se ama a alguien con tanta pasión, es una idea que se filtra en nuestro ser con la facilidad de un suspiro. 
Tal vez nunca estarían juntos. Tal vez el destino tenía otros planes para ellos. Pero no importaba nada.