No
sé bailar tango, nunca tomé clases y creo que si tomara haría papelones. Pero
escucho el bandoneón y la piel se me eriza. Se me revuelven los intestinos y me
dan ganas de moverme, de sacudir el polvo que se me acumula de tanto pensar y
poco hacer.
Nunca
entendí por qué todos los hombres de época tenían el mismo tono de voz. Ese
bajo que vibra con cada nota, que se desgarra el alma en las palabras que
pronuncia.
Mis
ojos se pierden viendo piernas enredándose en otras. Esa perfección del tiempo
y el espacio, milimétricamente pautada, que hipnotiza. Esa sensualidad tan
sutil y esos roces tan cómplices.
El dúo por excelencia.
El dúo por excelencia.
¿Cuánto se debe amar a una ciudad para dedicarle una canción?
Mi Buenos Aires querido… no pensé que extrañarte así fuera posible.
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